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(IVÁN): NUESTRAS NECESIDADES CUMPLIDAS

Von: IVAN VALAREZO (valarezo7@hotmail.com) [Profil]
Datum: 24.12.2006 20:52
Message-ID: <Xns98A3974EFF550valarezonetzerocom@207.217.125.201>
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Sábado, 23 de diciembre, año 2006 de Nuestro Salvador
Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)


(Feliz Navidad y un Prospero Año Nuevo 2007 a todos. Que
nuestro Padre Celestial siempre los bendiga dándoles más y
más de su gracia infinita de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo. Porque estos días de Navidad son realmente días
por el cual Dios soñó mucho por muchos siglos para que
llegasen a ser una realidad en nuestras vidas, para él
entonces darnos mucho y todo de él y de su Espíritu Santo día
y noche y por siempre en su nueva vida infinita de su nuevo
reino venidero. Y, hoy en día, lo tenemos en nuestros
corazones y en nuestras almas vivientes. Por eso, nuestro
Padre Celestial es feliz en el reino de los cielos con su
Espíritu Santo y sus huestes de millares de ángeles
gloriosos, siempre honrando y alabando su santo nombre, para
nuestras bendiciones de parte de Él y de su Hijo amado jamás
nos falten a ninguno de nosotros, en todos los lugares de su
tierra. Porque así como es hecha su voluntad perfecta por los
corazones de cada uno de sus ángeles santo en su reino de los
cielos, pues así también Dios desea que sea en toda la
tierra, ni más ni menos, en el corazón de cada hombre, mujer,
niño y niña, con Cristo Jesús en su vida delante de Él y de
su Espíritu Santo.

¡Feliz Navidad y Prospero Año Nuevo 2007 a todos! En el
siguiente libro que han de leer, la palabra viva de nuestro
Padre Celestial y de su Jesucristo nos enseña a como recibir
y vivir día a día con su gracia infinita. Gracia celestial en
cada uno de nosotros, en toda la tierra: la cual viene a
nosotros por amor a nuestra vida y para que siempre
obtengamos en nuestras vidas todo lo que deseemos de Él, en
nuestros corazones, en la tierra y en el paraíso, también,
para siempre. ¡Amén!)


NUESTRAS NECESIDADES CUMPLIDAS

Acerquemos, pues, nuestras oraciones día y noche al trono de
la abundante gracia de Dios y de su Jesucristo, para que
nuestros corazones y nuestras almas vivientes sean llenas
entonces de sus más gloriosas y ricas bendiciones: de paz,
amor, gozo, sabiduría, felicidad, salud y muchos dones del
cielo y de la tierra, también, para el bien de nuestras
vidas. Porque nuestro Dios es grande y nos ama con un corazón
inmenso, el cual jamás nos dejara de regalar: todo lo
glorioso y honroso de su vida santísima del pasado, del
presente y del infinito, de su nuevo reino celestial.

Pues con confianza, cada uno de nosotros puede entrar, desde
hoy mismo, al trono de su gracia y de su bondad, para que nos
bendiga con sus milagros, maravillas y sanidades
sobrenaturales, de nuestros corazones y de nuestras almas, de
las cuales necesitamos mucho de cada una de ellas, para vivir
nuestras vidas por la tierra: libres de muchos males. Y
poderoso es nuestro Padre Celestial para hacer siempre que la
gracia y los favores sobrenaturales de su Hijo amado
"sobreabunden" en nuestras vidas, para que seamos llenos de
él y de su Espíritu Santo, en estos días navideños, lo cual
es poder, riquezas y sabiduría del reino de los cielos, por
ejemplo, hoy en día y por siempre.

Porque nuestro Dios es Dios de "fieles a su Jesucristo" y de
gran inteligencia de todas sus cosas y de sus caminos sobre
la tierra y del más allá, también, como su paraíso y su nueva
ciudad infinita: La Gran Jerusalén Santa y Eterna, que los
antiguos desearon mucho por verla y no la vieron. Pero hoy en
día, ellos están en sus lugares eternos, en esta gran ciudad
infinita y sin igual, caminando por caminos de oro y viviendo
en inmensas mansiones celestiales, de su nueva vida y de su
nuevo reino de los cielos, con Dios y con su Árbol de vida y
de gracia infinita, para la humanidad entera.

Entonces como la gracia de nuestro Dios es inmensa e
inmensurable para con cada uno de todos nosotros, de los que
hemos "invocado" el nombre sagrado de su Hijo y, también,
hemos creído en él y en su gran obra sobrenatural, en lo
profundo de nuestros corazones, pues nos ha dotado de todo lo
necesario para ser felices, para siempre. Es decir, de que
ningún bien nos faltara jamás, siempre y cuando le seamos
fieles a Él, por su Jesucristo, en nuestros corazones y en
nuestras vidas nuevas, en la tierra y en el paraíso, también,
para jamás volver alejarnos de Él, ni de su Árbol de vida
eterna, tampoco.

Como Eva y Adán lo hicieron, por ejemplo, en el día que
"creyeron" a la mentira de la serpiente antigua del paraíso,
para perderse eternamente, en las profundas tinieblas de sus
corazones perdidos, perdidos por las palabras engañosas de
Lucifer, las cuales trajeron "sólo muerte y tragedia tras
tragedia" a sus vidas y a la de sus descendientes, también.
Hoy en día, Dios nos ha librado de cada uno de estos males
eternos, porque ha "reemplazado" las palabras de gran mentira
y de muerte eterna, de la serpiente antigua y de Lucifer, en
el corazón de Adán y de cada uno de nosotros, "si tan sólo
creemos en la gracia redentora y sobrenatural de su nombre
santo".

Y esto ha de ser verdad, en cada uno de nuestros corazones,
al tan sólo creer e invocarlo a Él, a nuestro único y
suficiente salvador eterno de nuestras almas, cada vez que
nos presentemos día y noche ante el trono de la gracia
infinita, de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo que
están en los cielos, por ejemplo. Y de sus enemigos no
aprendan nada de ellos, porque ellos son enemigos de Dios y
siervos de toda maldad, de la tierra y del más allá, también;
por lo tanto, no es bueno contaminarse con nada de ellos,
jamás, ni por ninguna razón, por más razonable que fuese.

Puesto que, Dios no se agrada de sus enemigos, ni de sus
palabras ni menos de sus malas acciones. Entonces sean por
siempre fieles a su Dios y Creador de sus vidas, para que
todo les vaya bien, por donde sea que vayan en la tierra;
porque Él sabe muy bien de cada una de sus necesidades y se
las suplirá de acuerdo a la gracia salvadora y sobrenatural,
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Por eso,
humíllense siempre ante "la diestra sobrenatural y toda
poderosa de su salvador eterno", ¡el Señor Jesucristo!,
porque ha sido él quien nos ha redimido para nuestro Padre
Celestial, por la sobreabundante gracia de su sangre
infinita, sobre el altar santo y eterno de Dios, en la tierra
y en el reino de los cielos, también, para siempre.

Y Jesucristo nos ha redimidos: Con el propósito de que
nuestros pecados nos sean perdonados eternamente y para
siempre por la letra misma, de la Ley de Dios y de Israel,
cumplida en nuestros corazones por la fe, la cual sólo es
posible en nuestro Señor Jesucristo, hoy en día y por la
eternidad, si sólo creemos en Él. Y así no tengamos nunca que
morir por ningún mal alguno del enemigo, en nuestros
corazones y en nuestras almas eternas, sino que hemos de ver
la vida por siempre, en la tierra y en el más allá, también,
como en su nueva vida infinita, del nuevo reino de los
cielos, por ejemplo.

Porque el que se humilla ante su Dios para recibir el amor y
la gracia redentora de su Hijo, en su corazón y en su vida,
entonces Dios mismo lo ha de exaltar en su día oportuno, sin
más demora alguna, para que aquel hombre, mujer, niño o niña,
le entregue la gloria de su corazón diariamente, sólo a Él.
Porque el que no le dé la gloria debida a su nombre santo,
entonces sigue muerto en sus delitos y pecados ante Dios y
ante su Árbol de vida, su Jesucristo, como Adán y Eva, por
ejemplo, en el paraíso. Por ende, su destino final es de
eterna humillación en el fuego eterno, de las llamas de la
ira de Dios, en el infierno o en el lago de fuego del más
allá.

NUESTRO PADRE CELESTIAL ES NUESTRO PASTOR

Ciertamente nuestro Padre Celestial es mi pastor; nada me
faltará jamás, en la tierra ni menos en el paraíso, para
siempre. Él siempre me suplirá cada una de mis necesidades en
todos los aspectos de mi vida, para librarme del mal y para
suplir diariamente cada una de mis necesidades. Por lo tanto,
sólo él es mi Dios y mi pastor y fuera de él no tengo otro
Dios. Porque nuestro Dios ha creado los cielos y la tierra y
todo lo que en ellos habitan, ángeles en el reino de los
cielos y hombres en toda la tierra, para gloria infinita de
su nombre santo en cada uno de nuestros corazones y de
nuestras vidas eternas, también, hoy en día y para siempre.

En consecuencia, en el cielo, los ángeles siempre esperan de
Él, para que alimente sus cuerpos espirituales, para
saciarlos de toda sed y de toda hambre día a día y por
siempre en la eternidad. Y los hombres, mujeres, niños y
niñas de la humanidad entera, deberían también entender en
sus corazones y en sus espíritus humanos, de que él es
también suplidor de cada una de sus necesidades, así como
siempre lo ha sido con los ángeles del reino de los cielos,
desde el día de su formación y hasta nuestros tiempos, por
ejemplo.

Fue por esta razón, de que nuestro Padre Celestial les decía
a Adán y a Eva a que comiesen por siempre "del fruto de vida
eterna", con todos los demás frutos del paraíso, pero que
nunca tocasen del fruto prohibido del árbol de la ciencia,
del bien y del mal. Porque en el día que comiesen de su fruto
prohibido, entonces morirían, para él y para toda su nueva
creación. Y todos ellos morirían junto con sus descendientes
eternos en aquellos días, porque ninguno de los frutos de
éste árbol prohibido podría jamás saciar su sed ni el hambre
de sus corazones, por Dios ni por su vida santa, en el cielo
ni en toda la creación, también, para siempre.

Porque sólo el fruto de la vida eterna de su Hijo amado, el
Señor Jesucristo, en el epicentro del reino celestial, es
para los ángeles y del paraíso también, para Adán y para sus
descendientes, de todos los hombres, mujeres, niños y niñas
de la humanidad entera. Ya que, sólo nuestro Padre Celestial
es "nuestro pastor" de nuestros corazones y de nuestras almas
vivientes, también, en la tierra y en el más allá, como en el
nuevo reino de los cielos: La Gran Ciudad Celestial del Gran
Rey Mesías, La Nueva Jerusalén Santa e Infinita de Dios y de
su humanidad divina.

Y el que no coma y beba de su fruto de vida eterna, de su
suplidor celestial, como siempre lo ha sido el Señor
Jesucristo, el Árbol de vida, para toda vida en el reino,
pues así también para toda vida en todos los rincones de la
tierra, entonces no podrá ver jamás su nueva vida infinita,
en el cielo. Porque si Adán junto con Eva su esposa, hubiese
comido del fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, en el
paraíso, entonces jamás hubiese sufrido su muerte en el
cielo, ni tampoco ninguno de sus descendientes de todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, sino
todo lo contrario.

Todos estuviesen vivos en el reino de los cielos, comenzando
con Adán y Eva, por ejemplo. Es decir, que no hubiese motivos
alguno para que los hombres muriesen en el paraíso o en
cualquier lugar de toda la creación de Dios. Es más, ningún
hombre hubiese descendió al infierno, al mundo de los
muertos, en el más allá, para sufrir día a día por su error
de no haber creído a su Dios y a su único salvador infinito
de su vida eterna, en la tierra y en el paraíso, también,
para siempre. Y por error de su corazón, entonces el pecador
y la pecadora han de sufrir eternamente en el infierno, sin
el fruto de vida eterna, Jesucristo y, además, sin su Padre
Celestial para que los pastoree por siempre, en el más allá,
en su nuevo reino celestial e infinito.

Ahí, en el más allá de la perdición eterna del pecador, en
donde los espíritus de gran maldad y de rebelión eterna
esperan por sus juicios finales para terminar, de una vez y
por todas, con la existencia de sus pecados y de su rebelión
eterna, en contra de Dios y de su Árbol de vida eterna, el
Señor Jesucristo. Porque en el infierno el suplidor de todo
tormento y de dolor infinito del espíritu pecador y
eternamente perdido de los ángeles caídos, por ejemplo, y así
también de los hombres de gran maldad, es el fruto prohibido
del árbol de la ciencia, del bien y del mal.

Pero en el cielo o en el paraíso no es así, porque "el fruto
de vida eterna", el Señor Jesucristo, es quien alimenta el
corazón y el espíritu de todo ángel, arcángel, serafín,
querubín y demás seres santos del reino de los cielos. Pues
así también ha de ser para todo hombre, mujer, niño y niña de
la humanidad entera, que ha recibido en su corazón y ha
confesado con sus labios, que "el Señor Jesucristo es El
Señor" para gloria y para honra eterna, de nuestro Padre
Celestial que está en los cielos. (Y ésta gloria infinita se
la debe tu corazón a tu Creador, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, hoy más que nunca. Y, de una manera u otra,
tu corazón ha de creer y ha de confesar, también: ésta gran
verdad y justicia infinita para Dios y para Jesucristo, para
gloria y para honra eterna de la nueva vida del nuevo reino
de los cielos.)

Ya que, cada ángel del reino de Dios vive, desde el día de su
formación, por la palabra de Dios, porque ha recibido en su
corazón el fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, sin
jamás haberlo rechazado ni ofendido, como Lucifer lo rechazo
y no sólo lo ofendió, sino que también le ataco para hacerle
daño irreparable y eterno. Es por eso, que los ángeles que no
recibieron del fruto de vida eterna, como Lucifer y sus
ángeles caídos, por ejemplo, entonces no tienen vida
celestial, en ninguno de ellos, sino que viven una vida
diferente, sin paz, sin gozo, sin felicidad alguna en sus
corazones y en sus espíritus rebeldes. Pues ellos esperan
sólo por su juicio final y por su castigo eterno de parte de
Dios y de su Jesucristo, en el más allá.

Entonces así como los ángeles caídos murieron delante de
Dios, en el día que se rebelaron en contra de su nombre santo
del Señor Jesucristo, pues así también todo pecador y toda
pecadora de toda la tierra, que no acepte en su corazón y que
no confiese su nombre santo, ha de morir igual, eternamente.
Es por eso, que el secreto de vida y de salud eterna para
cada ángel del cielo y así también para cada hombre, mujer,
niño y niña de todas las naciones, es de "aceptar" el fruto
de vida eterna del Hijo amado de Dios, el Señor Jesucristo,
en oración, suplicas y ruegos al Padre Celestial que está en
los cielos.

Porque sólo el Señor Jesucristo es el suplidor de nuestros
corazones y de nuestras almas vivientes, así como de los
ángeles del reino de los cielos, para calmar nuestras sed y
nuestras almas hambrientas de Dios y de su Espíritu Santo,
para siempre. Porque el corazón y el alma del hombre son
sedientos y hambrientos de Dios y de su Espíritu Santo día y
noche y por siempre en la eternidad, como con los ángeles,
arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del
más allá, por ejemplo; y sólo el Señor Jesucristo es el
Árbol
Viviente que suple sus necesidades por siempre.

Es por eso, que Lucifer murió junto con sus ángeles caídos en
el día que se rebelo en contra del nombre de vida eterna, el
Señor Jesucristo, para no volver a ver la vida celestial, en
el reino de los cielos, jamás. Pues así también Adán y Eva
dejaron de existir para Dios junto con sus descendientes pero
con la esperanza de regresar al cielo algún día, no muy
lejano, como hoy mismo, por ejemplo. Y ellos se perdieron en
su día de rebelión, porque pecaron igual que los ángeles
caídos: al no comer del fruto de vida eterna, de sus
corazones y de sus almas infinitas, ¡el Señor Jesucristo!

Y hoy en día, esta ley celestial del cielo, para cada ángel
del reino y para cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, en el paraíso, sigue siendo una realidad
viva, que el que no la acepta entonces muere, pero el que si
la recibe en su corazón y así confiesa su nombre santo, vive
por siempre. Ésta es: Una realidad viviente e incambiable, la
cual no podrá ser violada jamás, como Lucifer la violo o como
Adán y Eva la violaron por ignorancia y por error, por
ejemplo, al creer a la mentira del corazón perdido, del
enemigo eterno de Cristo, Lucifer, en vez, de (creer a) la
verdad salvadora de Dios, ¡el Señor Jesucristo!

NO SE AFANEN POR NADA QUE NO SEA DIOS y su HIJO AMADO

Por eso, por nada estén afanosos sus corazones en ésta vida,
primero que no sea el fruto de vida eterna, el Señor
Jesucristo, para crecer en lo espiritual y en lo corporal,
también; al contrario, siempre presenten sus peticiones, sus
oraciones, sus ruegos y sus intercesiones delante de Dios en
todo momento, con fe y con acción de gracias. Y así la paz de
Dios, que excede todo conocimiento, toda sabiduría, entonces
guardará día y noche sus corazones y sus mentes en nuestro
Señor Jesucristo, para que no les falte ningún bien en sus
vidas, ni en las de los suyos, tampoco, jamás, en la tierra y
en el cielo, para siempre.

Porque el afán de todas sus cosas en la vida del hombre,
debería ser primero Dios y su fruto de vida infinita, su Hijo
amado, como en el paraíso con Adán, por ejemplo, para sus
corazones y para el crecimiento de sus almas eternas y sus
cuerpos corporales, en la tierra y en la eternidad venidera,
también, para siempre. Porque Dios no le permitió a Adán
comenzar su vida flamante y sin pecado alguno, en el día de
su formación, sin primer haber gustado de su fruto de vida
eterna. Porque su Hijo amado no es segundo a nadie en el
paraíso ni en ningún otro lugar de toda su creación; más
bien, él es primero por inicio, en el corazón y en la vida
del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, de la
humanidad eterna.

Ahora, si el Señor Jesucristo no es primero en la vida de
cualquier ser viviente, sea ángel del cielo u hombre de la
tierra, entonces el pecado y la maldad junto con su muerte
eterna reinan por inicio, en aquella vida perdida y llena de
las profundas maldiciones y tinieblas del más allá, del mundo
de los muertos. Y esto es realmente, hoy en día y como
siempre, del mundo en tinieblas profundas del más allá, del
árbol prohibido de la ciencia, del bien y del mal eterno.

Es decir, también, de que si el fruto de vida eterna no fue
primero por inicio en el corazón de Adán ni de Eva en el
paraíso, entonces no lo ha sido desde siempre, tampoco en el
corazón del hombre de toda la tierra, de la antigüedad y de
nuestros tiempos, por ejemplo. A no ser que el hombre se
arrepiente del mal de Adán en su corazón y así entonces crea
en Jesucristo y en nuestro Padre Celestial que está en los
cielos, para tomar su primer lugar, su lugar debido, en su
vida terrenal y celestial, para que pueda vivir y jamás ver
la muerte, sino sólo la vida, eternamente.

Puesto que, si el fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo,
no toma su primer lugar, en el corazón del hombre en la
tierra, de nuestros días, entonces no lo tomara en el futuro,
tampoco, en el más allá, como en el nuevo reino de los cielos
o en el paraíso, otra vez. Y nuestro Padre Celestial no desea
ver el mismo error de Adán volverse a repetir, una vez más,
con ninguno de sus descendientes, en su nueva vida infinita,
en el paraíso, por ejemplo, o en su nueva ciudad celestial:
La gran Jerusalén Santa e Infinita de Adán y de sus
descendientes, de todas las razas y pueblos de la tierra.

Por esta razón, nuestro Padre Celestial jamás desea que el
hombre, como Adán o ninguno de sus descendientes, esté por
siempre afanoso primero por las cosas perecederas del mundo,
sino que su fruto de vida eterna sea primero, en su corazón y
en toda su vida, también, para que entonces comenzar a vivir
su vida celestial en toda la tierra. Porque la mueva vida
celestial ha comenzado en la tierra misma para todo hombre,
mujer, niño y niña, así como comenzó para el Señor
Jesucristo, en el día que nació del vientre virgen, de una de
las hijas de David, por el poder sobrenatural del Espíritu
Santo, para entregarnos vida y salud infinita, en la tierra y
en el paraíso.

Es por eso, que todo aquel que ha creído en su corazón y así
ha confesado su santo nombre con sus labios, entonces para
Dios nació "en el día que su Hijo amado nació" del vientre
virgen de la hija de David, para comenzar a vivir la vida
eterna, en la tierra para luego entrar en el nuevo reino
celestial. Porque Dios ha creado a todo hombre, mujer, niño y
niña, de sus manos santas, en el mismo día que formaba del
fango al primer hombre, Adán, para darnos, en un día como
hoy, por ejemplo, vida y salud en abundancia, hoy y por los
siglos de los siglos, en su gran ciudad celestial: La Nueva
Jerusalén Santa e Infinita.

Por esta razón, por nada estén afanosos en la vida de pecado
de nuestros tiempos, por ejemplo, sin primero haber obtenido
la gran bendición del fruto de vida eterna, el Señor
Jesucristo, en sus corazones y en sus labios también, para
gloria y para honra eterna de nuestro Dios, en cada una de
sus cosas que emprendan en la tierra. Porque para Dios, su
Hijo Santo y Eterno tiene que ser primero siempre por inicio,
en cada una de sus cosas, por grandes o pequeñas que sean
todas ellas en sus vidas, en todos los lugares de la tierra,
para entonces él poder glorificarse en ellas día a día,
también, en la tierra y en el más allá, para siempre.

Dado que, todo lo que el hombre haga en la tierra, entonces
ha de ser eterno, porque sus obras le han de seguir aun en el
más allá, aunque haya vivido una eternidad en el reino de los
cielos, con Dios y con su Árbol de vida eterna, rodeado de su
Espíritu Santo y de sus huestes celestiales, como siempre.
Por lo tanto, sean siempre sus oraciones, sus ruegos, sus
peticiones y sus intercesiones por los suyos ante Dios, con
el espíritu de amor, de la palabra de Dios y de sus cánticos
de gloria y de honra a su nombre santo, en sus corazones y en
la vida de los suyos, también.

Porque nuestro Dios honra al corazón que ha honrado por
siempre el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, para que siempre tenga vida y salud infinita en
todos los días de su vida por la tierra. Y así jamás le falte
ningún bien a él ni a ninguno de los suyos, tampoco, en la
tierra ni menos en el más allá, como en el paraíso o como en
su nueva Jerusalén Santa y Eterna del reino de los cielos, de
Dios y de su Árbol de vida eterna, el Cristo de Israel y de
las naciones.

Y sólo así entonces la paz de Dios que sobrepasa todo
entendimiento ha de guardar por siempre sus corazones y sus
almas eternas, en Cristo Jesús, único salvador nuestro en la
tierra y en el paraíso, también, para siempre. Porque sin
Cristo Jesús, Señor nuestro, viviendo en nuestros corazones,
entonces no tendremos jamás paz, ni menos la abundante gracia
de su sangre viviente, para protegernos de todos los males
del enemigo y para suplirnos día y noche de nuestras
necesidades de siempre.

Por eso, no se afanen jamás por nada, si Cristo no está en
sus corazones primero; porque si Cristo no está en sus
corazones por inicio, entonces pueden venir muchos problemas
a sus vidas, que nadie los quiere ni aun Satanás mismo. En
verdad, Satanás no quiere problemas; pues los conoce todos
muy bien, pero se los entrega a los que los reciben; a los
que no tienen a Cristo Jesús en el primer lugar de sus
corazones por inicio, por ejemplo.

Y ésta persona podrías ser tú mismo, en este momento, mi
estimado hermano y mi estimada hermana. Y si es así, entonces
huye del enemigo y de sus problemas que ni él mismo los desea
tener ni por un minuto más de su vida perdida, en el fuego
eterno del infierno; pero, sin embargo, se alegra mucho, en
dártelos a ti, porque no le importa tu vida y desea que te
pierdas entre las profundas tinieblas del más allá. Y,
Satanás te las dará a ti sin pensarlo dos veces, porque vives
sin la protección de Dios y de su favor infinito, en tu
corazón y en toda tu vida, también, el Señor Jesucristo, el
único posible salvador de tu vida terrenal y celestial, para
tu nueva eternidad venidera, en el más allá.

NO SE PREOCUPEN POR SUS NECESIDADES, DIOS LAS SUPLE TODAS

Por esta razón, como les exprese antes mis estimados hermanos
y mis estimadas hermanas: No se afanen por las cosas de sus
vidas, cualquiera que sean todas ellas; porque nuestro Padre
Celestial ya las conoce muy bien en su corazón, para bien de
cada uno de ustedes, en todos los lugares de la tierra. Como,
por ejemplo, no piensen qué han de comer o de beber; ni
tampoco se afanen por su manera de vestir, porque fue Dios
quien visto a Adán y a Eva, cuando estaban desnudos, después
de haber pecado ante Él. (Con esto no estoy diciendo que no
coman de lo mejor del pan de la tierra; ni tampoco estoy
diciendo que no se vistan bien, con lo mejor del vestir
moderno, por ejemplo, sino que tengan por inicio en sus
corazones a su Jesucristo; eso es todo, para agradar por
siempre a nuestro Dios y a su Espíritu Santo.)

Como nuestro Señor Jesucristo les dijo, también, a sus
apóstoles en su día, por ejemplo: ¿No es la vida de más valor
de lo que comen, y sus cuerpos no valen más que los vestidos
que se ponen? Miren ustedes a los ángeles del cielo, ellos no
esparcen semillas en la tierra, ni la talan, ni amontonan sus
frutos en graneros gigantes para tener víveres por los años
que vienen, como los hombres lo hacen en toda la tierra;
pero, sin embargo, nuestro Padre celestial los alimenta día a
día y por siempre.

Es más, en ninguna parte de la escritura habrás leído jamás
que el ángel esté sufriendo sed o hambre, en el reino de los
cielos, ¿verdad? ¡Claro que no! (En realidad, los únicos que
tenían sed y hambre fueron los ángeles rebeldes al nombre
santo del Señor Jesucristo, su único Árbol de vida y de salud
infinita en el reino de los cielos, ¡el Señor Jesucristo!
Pero Lucifer, ni ningún de sus ángeles caídos, se dio cuenta
de su grave error, hasta cuando ya fue demasiado tarde para
ellos. Es decir, que ellos se vinieron a dar cuenta, de que
Jesucristo era su pan y su agua para vida y para salud
eterna, cuando ya habían pecado y ofendido a Dios; por eso,
se perdieron para siempre en sus tinieblas; y por su maldad,
Dios no quiso perdonarlos jamás; porque a su Hijo amado no se
le ofende y punto.)

Pues bien, ¿no son ustedes acaso de mucho más valor que los
ángeles del reino, ya que, no sólo los forma Dios en sus
manos del fango, sino que les dio su imagen y, también, su
semejanza santa, para luego tener que entregar su misma vida
infinita, colgando de un madero para que tengan vida y
abundantemente en Cristo Jesús? Porque nuestro Dios jamás
envió a su Hijo a la muerte, para salvar a Lucifer y a sus
ángeles caídos, en sus millares, de sus pecados y de sus
muchas rebeliones, sino que fue por el hombre que envió a su
Hijo, su gran rey Mesías Celestial, para que entregarles su
vida misma celestial, como la de "un Cordero Santo".

Un Cordero Santo, Eterno, Perfecto y Libre de todo mal del
pecado y de su muerte eterna, en la tierra y en el más allá,
también, para que todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, que entonces tan sólo crea en su corazón y
así confiese su nombre santo, tenga vida y salud eterna, para
siempre. Y esto ha de ser, con cada uno de ellos, en sus
millares, de toda la tierra, creyente perfecto a su gran obra
santa e infinita, en su corazón y en su alma viviente, desde
hoy mismo y por siempre, por los siglos de los siglos en su
nueva vida inmortal, de su nuevo reino celestial, en el
inmensidad venidera.

Por lo tanto, todo hombre, mujer, niño y niña, del paraíso y
de toda la tierra, es más importante para el corazón y para
su Árbol de vida eterna, que cualquier otra vida celestial,
terrenal o angelical del reino de los cielos, en el más allá,
para siempre. Fue por esta razón mucho más que ninguna otra,
que Dios jamás escatimo su vida santa, ni la de su Espíritu
Santo, ni la de su Hijo amado, por inicio, para redimir al
hombre y a cada uno de sus descendientes, del poder del
pecado y de su muerte infinita, en la tierra y en el
infierno, también, para siempre.

Por eso, Dios no se agrada del corazón del hombre o de la
mujer cuando tiene las cosas de la vida en el primer lugar de
su corazón, en vez, de tener al nombre sagrado de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo. Porque sólo en el nombre del
Señor Jesucristo existen poderes y autoridades sobrenaturales
no sólo para bendecir su vida eternamente, sino también para
salvaguardarlo del mal de la tierra y del más allá, también,
como el infierno o el lago de fuego eterno, la segunda muerte
final, del alma pecadora del hombre y de la mujer de la
humanidad entera.

En esto, Dios desea que todo corazón solamente se afane de
"conocer primero" su amor y el nombre sagrado que ha abierto
las puertas de la vida eterna, en el reino de los cielos:
sólo para aquel que ame de verdad y de todo corazón a su Dios
y Creador de su vida, el Todopoderoso de Israel y de las
naciones. Porque sólo por la invocación santa del nombre del
Señor Jesucristo es que realmente: el corazón y el alma
viviente del hombre y de la mujer pueden ser hechos libres y,
a la vez, hijos e hijas de Dios, para alcanzar mayores
bendiciones terrenales y celestiales, hoy en día y en la
eternidad venidera, también, para siempre.

Porque de otra manera, las palabras mentirosas, de las cuales
trajeron el fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien
y del mal, a la vida del hombre, entonces serán parte de sus
vidas, no sólo en la tierra y hasta el final de sus días,
sino también en el fuego del tormento eterno del infierno,
para siempre. Y esto si es tormento eterno que le roba la paz
y la felicidad del corazón del hombre y de la mujer sin
Cristo desde ya, porque su Dios y Creador de su vida no es
parte de su vida, sino parte del árbol de la ciencia del bien
y del mal, en el infierno eternamente candente y tormentoso.

DIOS HA CREADO TODO POR SU PALABRA, PARA ALIMETO DEL HOMBRE

Es por eso, que Dios le dio todo lo que se desplaza y vive al
hombre, para que mate y coma y les sirva de alimento. Del
mismo modo le ha dado todos los arboles y las plantas con sus
muchos frutos, de toda la tierra, para que su cuerpo se
alimente día y noche delante de su presencia y así no tenga
sed ni hambre jamás. Porque de nuestro Dios son los cielos y
la tierra y todas las cosas que en ellos existen, para el
bien del hombre y de la mujer de la humanidad entera.

Y si el hombre sufre sed y hambre, ha de ser entonces porque
no conoce el mandato de Dios para su vida y para la vida de
cada uno de los suyos, también, en el paraíso y por toda la
tierra. Porque todo lo que está en el cielo, también, se lo
ha dado Dios al hombre. Porque nada de lo que Dios ha creado
en el reino de los cielos se lo ha escatimado al hombre ni a
sus ángeles santos, por ejemplo. Pues así también en todos
los lugares de la tierra y de sus profundos mares, toda vida
es del hombre para que coma y beba y siempre viva feliz
delante de su Dios, Creador y Fundador de todas las cosas, de
las que se ven y de las que no (se ven).

Porque abundantes son las cosas que Dios ha creado para
sostener la vida del hombre no sólo en el reino de los cielos
y en toda la tierra, sino también en sus profundos mares, por
ejemplo. Y todas estas riquezas de la tierra y de sus
inmensos mares son para sus hijos e hijas de la humanidad
entera, de los que le sirvan a Él, en el espíritu y en la
verdad viviente de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para
gloria y para honra infinita de su nombre santo, en toda su
infinita creación.

Puesto que, el hombre tiene que servirle a su Dios día y
noche y por los siglos de los siglos, en la tierra y en el
paraíso, también. Por eso, nuestro Dios ha creado en inmensas
abundancias de todas las cosas, de las que se ven, como las
que no (se ven), para suplir la vida del hombre por siempre,
en su servicio continuo a su Dios, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre. Porque no es posible que al
hombre le falten sus cosas, mientras esté sirviéndole
fielmente a su Dios eterno, en la tierra y en el paraíso, en
el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Por cuanto, nuestro Dios es un Dios sumamente rico de todas
las cosas creadas por su palabra y por su Espíritu Santo, en
la tierra y en el reino de los cielos, también, para los que
le aman a Él, solamente por medio de su Árbol de vida eterna,
su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Entonces todo hombre,
mujer, niño y niña, de la humanidad entera, han sido creados
y bendecidos por Dios mismo, con sus inmensas riquezas de la
tierra y del más allá, también, para que sean eternamente
ricos todos los días de sus existencias infinitas, para con
su Dios y para con su Espíritu Santo, para que le sirvan
fielmente, por siempre.

Es por eso, que es bueno que el hombre siempre le dé gracias
a su Dios y Creador de su vida, cada vez que se sienta a la
mesa del comedor de su casa, por haberle dado tanto, al
convertir la tierra de donde nació, por ejemplo, en pan para
alimentar su cuerpo día y noche y por siempre. Porque es Dios
quien, con los poderes sobrenaturales de su palabra viva y de
su perfecta voluntad es que ha convertido la tierra en pan y
en frutos esenciales, para el alimento de su cuerpo y de la
subsistencia de su vida por la tierra y en el cielo, también,
por ejemplo.

Para que entonces jamás le falte ningún bien en su vida ni en
la de los suyos, tampoco, día y noche y hasta en el más allá,
también, como en su nueva ciudad celestial e infinita del
reino de los cielos. Y esta ciudad celestial es La Nueva
Jerusalén de Dios y de su Hijo, para que todo hombre y mujer
viva para siempre con Él, feliz y alegre en la inmensidad de
todas sus cosas gloriosas del más allá. Además, nuestro Padre
Celestial le ha de seguir dando vida en abundancia a toda la
tierra por su palabra viva, porque ama a la obra de sus
manos, el hombre, como tú y yo, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, en nuestros millares, en la humanidad
entera.

Para que entonces viva por siempre y jamás le falte ningún
bien en la tierra ni en el paraíso, también, para siempre,
siempre y cuando le sirva a Él, en el espíritu y en la verdad
viviente, del nombre sagrado de su fruto de vida eterna, su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque fuera del Señor
Jesucristo, entonces ningún hombre, mujer, niño o niña de la
humanidad entera, podrá jamás complacer a su Dios, en toda su
verdad y en toda su justicia viviente, en esta vida ni en la
venidera, como en el paraíso o como en el nuevo reino de los
cielos, por ejemplo.

Es por eso, que para Adán, el Señor Jesucristo ha sido muy
importante en su corazón y en toda su vida desde siempre, por
inicio propio de Dios, en su vida santa del paraíso y del
resto de su creación también, como la tierra de nuestros
días, por ejemplo. Pues así también, hoy en día, para todo
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, para que
entonces vean la vida infinita, desde hoy mismo, en sus
corazones y en sus almas vivientes y así jamás tengan que
morir por falta de ningún bien, de su Dios y de su Árbol de
vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!

Entonces todo ser que muere en el paraíso o en la tierra de
nuestros días, ha de ser por efecto del primer pecado de
Adán, de no haber aceptado al Señor Jesucristo como "el pan
perfecto" de vida y de salud infinita que Dios le ofreció en
su día, en el paraíso por vez primera, por ejemplo. Con el
fin de que jamás muera su alma viviente ni la de sus
descendientes, sino que viva por siempre, en el cielo y en
toda su nueva creación del más allá, de su nuevo reino
infinito.

Porque Dios ha creado todas las cosas que están en el cielo y
en toda su nueva creación, sólo para los que le aman a Él, en
el espíritu y en la verdad viviente de su Hijo amado, el
único Árbol de vida y de salud infinita en existencia, en el
paraíso y en la tierra, ¡el Señor Jesucristo! Y si esto es
así, entonces todo pecador y toda pecadora, como Adán y Eva,
viven por siempre sus vidas día y noche comiendo de los
frutos prohibidos del árbol de la ciencia, del bien y del
mal. Pero los que aman el amor y la verdad de Dios, entonces
viven día y noche siempre gustando y saboreando de los frutos
de vida y de salud eterna, el Árbol Viviente de Dios, su Hijo
amado, el Cristo de Israel y de las naciones de la humanidad
entera, en el cielo y en la tierra, también, para siempre.

DIOS HACE ALIMENTO PARA EL HOMBRE DE LA MISMA TIERRA

Por lo tanto, es Dios mismo quien realmente día a día hace
producir el pasto para los animales y la vegetación para el
servicio del hombre, a fin de sacar de la tierra el pan que
nutrirá y dará vitalidad a su vida de día a día, por ejemplo.
Es decir, que el verdadero labrador de la tierra, no es tanto
el hombre, sino Dios mismo. Porque es a nuestro Dios a quien
la tierra obedece día a día para hacer que los arboles
crezcan y sus plantas también, para que den fruto y alimento
en abundancia para todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera y a todos sus animales, de igual forma, de
la tierra, del mar y del cielo.

Y sin Dios y su palabra santa, entonces la tierra no daría
sus frutos por medio de sus árboles y de sus plantas, sino
que seria desierta como los planetas lejanos de nuestros
cosmos, por ejemplo, en donde la vida es imposible para todo
ser viviente, como hombres y animales. Es por eso, que Dios
desde los primeros días que creo el cielo y la tierra
(génesis 1:2), entonces envío a su Espíritu Santo, para
subyugar a cada una de las profundas tinieblas de Lucifer y
de sus ángeles caídos, para que toda vida comenzase lo más
pronto posible; porque el hombre iba a ser formado, en sus
manos santas.

En estos días, Dios llama a la luz, y fue entonces la luz
sobre toda la faz de la tierra, para alumbrar y dar vida a
todo árbol y a toda planta, según su especie, para que den
sus frutos en sus temporadas de cada año, para bien y para
alimento del hombre, el cual estaba a punto de crear. Y
después de Dios haber creado el pasto, los arboles, las
plantas y los animales de la tierra, las aves del cielo y los
peces de los mares según sus géneros, entonces formo al
hombre en sus manos santas; en su imagen y conforme a su
semejanza perfecta lo formo a él y a cada uno de sus
descendientes, también.

(Ahora fíjense aquí, mi estimado hermano y mi estimada
hermana, que cuando Dios creaba al hombre y hasta que lo
termino de formar en sus manos, entonces no dijo: He creado
al hombre y a la mujer, según sus especies, como si fuesen
plantas, árboles o criaturas inferiores de la tierra, del mar
o del cielo, sino que dijo algo diferente. Y esto fue, cuando
dijo: He creado al hombre en la imagen perfecta y conforme a
la semejanza de Dios.)

Con esto, Dios nos está diciendo que en el día que crea a
Adán en sus manos santas, entonces también crea a cada
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera. Por lo
tanto, todo hombre y mujer es descendiente directo de Adán,
comenzando con Eva, por ejemplo, en el paraíso y por toda la
tierra, con el resto de la humanidad, de todas las razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de toda la tierra, del ayer
y de siempre.

Es decir, también que cuando Dios formaba al primer hombre en
sus manos santas, entonces tenia a su Hijo amado y a su
Espíritu Santo delante de Él, para formarnos en su imagen y
conforme a su semejanza celestial y no de los ángeles del
reino de los cielos o de cualquier otra criatura del más
allá. Porque en el día que Dios crea a los ángeles, entonces
los crea con el poder sobrenatural de su palabra viva y de su
nombre sagrado según su rango celestial, en gloria y en
santidad infinita, también.

Pero con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, no fue así, sino todo lo contrario. Dios crea al
primer hombre y a cada uno de sus descendientes, en sus
millares, en aquel día, en el paraíso, mirando siempre a su
Árbol de vida eterna y a su Espíritu Santo, como ejemplos a
seguir, para que seamos tan santos y tan justos como Él
mismo, en el cielo y por toda la tierra, también, para
siempre.

SOMOS NUEVOS DESCENDIENTES DIRECTOS DE CRISTO

Ahora, cuando vino el Señor Jesucristo a Israel, entonces
todo esto cambio para alcanzar mayores bendiciones de
santidades y de glorias infinitas, en la tierra y en el reino
de los cielos, también, para Dios y para su nuevo reino
celestial. Porque en el día que el Señor Jesucristo nace en
Israel, del vientre virgen de la hija de David, por el poder
sobrenatural del Espíritu de Dios, entonces todo hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, volvió a nacer con
Él, a la vez, para una vida nueva e infinita de la nueva
eternidad venidera.

Para entonces apartarnos del pecado y comenzar nuestra nueva
vida infinita en su alma, en su cuerpo, en su sangre y en su
Espíritu Santísimo, de vida y de salud eterna, en la tierra y
en el nuevo reino de Dios, para nunca más volver a sufrir las
penurias del pecado y de su muerte tormentosa del infierno,
por ejemplo. Porque así como nuestro Padre Celestial le ha
provisto al hombre de todos los alimentos de las plantas, de
los arboles, de los animales de la tierra, de las aves del
cielo y de los peces del mar, pues así también le ha dado
todo lo necesario para la vida eterna.

Es decir que también Dios nos ha provisto de toda verdad, de
toda justicia, de toda santidad, de toda sabiduría, de todo
poder de milagros, maravillas y de prodigios en el cielo y
por toda la tierra. Por lo tanto, nosotros no tenemos que
comenzar una nueva verdad o una nueva justicia o una nueva
santidad diferente o más poderosas que la de Dios y de su
Jesucristo, esto es imposible humanamente hablando, para ser
redimidos de nuestros pecados y por ende aceptados por Dios
para su nuevo reino celestial, en el más allá.

Pero esto no es así, con ninguno de nosotros, del ayer o de
siempre, en todas las familias de la tierra, comenzando con
la casa de Israel, por ejemplo. En la casa de Israel, en
donde nació la promesa de vida eterna y en donde se cumplió
con Cristo Jesús, en su día, en el día que nació para hacerla
una realidad eterna en cada uno de nosotros mismos, por toda
la tierra y para siempre, en el paraíso, por ejemplo. Porque
nuestro Dios jamás nos llamo a alcanzar mayores verdades,
justicias y santidades celestiales, como la de su Ley o de su
Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que sean de nosotros y
así entonces ser hechos libres de todos nuestros pecados y de
nuestra muerte eterna, en su juicio final, en el más allá, en
el cielo. Cuando la verdad es que ya toda verdad, toda
justicia y toda santidad salvadora ya existen, y mejores que
ellas no hay, en el cielo ni menos en la tierra, para el bien
eterno de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera.

Por lo tanto, somos hijos legítimos e hijas legítimas de su
palabra, de su nombre santo y descendientes directos, del
gran rey del reino de los cielos, el Todopoderoso de Israel y
de las naciones del mundo entero, el Santo de Dios, el Hijo
de David, el Cristo. Somos para la eternidad, desde el
comienzo de todas las cosas, en el paraíso, pero sin el
pecado de Adán y llenos, a la vez, de la gracia infinita del
fruto de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

EL TRONO DE LA GRACIA DE DIOS ESTÁ ABIERTO PARA TODOS

Y porque esto es verdad, para con cada uno de nosotros, en la
tierra y en el cielo, pues entonces acerquémonos con
confianza al trono de la gracia, para que alcancemos
misericordia y hallemos gracia, para el oportuno socorro de
nuestros corazones y de nuestras almas vivientes, mientras
vivamos en la tierra y la amenaza de nuestro enemigo
habitual, Lucifer. Porque cada día y cada noche que pasamos
viviendo en la tierra, entonces corremos el peligro de ser
atacados por los enemigos de Dios, como Lucifer y como sus
ángeles caídos, en los corazones de las gentes de gran
maldad, de toda la tierra.

Y estos enemigos de Dios nos atacan a cada uno de nosotros
con gran crueldad, para destruir nuestras vidas a como de
lugar. Como en sus días, de gran maldad, por ejemplo,
atacaron al Señor Jesucristo en el reino de los cielos, con
los ángeles caídos y luego en el paraíso para destruir la
vida de Adán y de cada uno de sus descendientes para siempre
y en todos los lugares de la tierra, también.

Por lo tanto, cada uno de nosotros tiene enemigos muy
hostiles, que no paran por nada ni por nadie, para destruir
nuestras vidas, para destruir todo lo que es de Dios y de su
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo. Porque sólo Dios
nos ha dado poderes y autoridades sobrenaturales en su
Espíritu Santo y en la vida sagrada de su Hijo amado, para
destruir las artimañas de cada uno de nuestros enemigos, en
la tierra y en el más allá, también día y noche y por
siempre.

Puesto que, los males que vienen a nuestras vidas, realmente,
han comenzado en el más allá, con el corazón oscuro y lleno
de gran maldad de Lucifer y de sus ángeles caídos, para
hacernos daño y hasta para quitarnos la vida, de una manera u
otra. Y así entonces ya no le seamos útiles al SEÑOR, para
servirle a Él y a su santo nombre, en la tierra y en el
cielo, como en el paraíso o como en La Jerusalén Santa y
Moderna, del nuevo reino de los cielos, para todo hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, que ame a su Dios.

Porque sabe muy bien Lucifer en su corazón perdido, de que si
nosotros llegásemos a conocer a nuestro Padre Celestial tal
como él es (y como siempre ha de ser) para con nosotros y
para la eternidad venidera, entonces le amaríamos de todo
corazón, tal cual como con su mismo amor perfecto, con el que
nos formo en sus manos santas. Y, en verdad, esto seria un
despertar de nuestras profundas tinieblas hacia la luz
eterna, tan grande, como ancha y profunda como el universo,
que nuestro Dios seria amado por nosotros, como jamás ha sido
amado por los ángeles ni por ningún otro ser celestial, del
reino de los cielos.

Y, por ello, la nueva vida infinita del nuevo reino de los
cielos seria eternamente gloriosa y fantástica, alegrando no
sólo el corazón de Dios como jamás ha sido alegrado antes,
sino mucho más que esto. Porque el corazón de cada uno de
nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos, ha de ser alegrado y despertado a
una vida superior e infinita, para jamás dejarle de amar a
Él, como nuestro único Dios Infinito, en todo su espíritu de
verdad y de justicia celestial, de toda su nueva creación
celestial.

Es por eso, que conocimiento nuestro Padre Celestial muy bien
el mal terrible que Lucifer siempre esconde para con cada uno
de nosotros, en toda la tierra, cada vez que damos un paso en
ella, entonces ha abierto la puerta de los cielos, para que
nosotros entremos siempre a su trono de la gracia, para
sujetarnos de su protección divina. Porque Dios sabe muy bien
que el enemigo eterno de nuestra verdad y de nuestra justicia
infinita, de nuestros corazones y de nuestras almas, es cruel
para con cada uno de nosotros, en esta vida y en la venidera
también, si es que él no muere y toda su maldad con él, en su
segunda muerte final, en el infierno.

Porque en el fin de las cosas, entonces el mismo infierno ha
de ser lanzado con todos los espíritus perdidos de los
ángeles caídos, junto con las almas perdidas de las almas de
los pecadores y de las pecadoras de toda la tierra, para que
mueran con aquel fruto prohibido del árbol de la ciencia, del
bien y del mal. El fruto del mal eterno, que sólo ha de morir
en su segunda muerte en el lago de fuego y que, por cierto,
ha de estar en sus corazones oscuros y sin la luz de
Jesucristo eternamente, para querer seguir haciendo la
voluntad cruel del maligno, el enemigo numero uno de Dios y
de su Árbol de vida eterna, Lucifer.

Es por esta razón, que Dios les ha dado la puerta abierta del
reino de los cielos y de su trono santo también, Jesucristo,
a todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, de
hoy y de siempre, para que se acerquen a Él, sin temor alguno
en sus corazones para alcanzar misericordia, verdad y
justicia infinita. Porque el Señor Jesucristo manifestó
abiertamente, diciendo: Yo soy la puerta del cielo… (Juan 10:
9). Es por esta razón, también, que Dios ha llamado a todos a
orar, interceder, pedir, suplicar por sus vidas y la de los
suyos, por igual, ante su trono santo de su gracia infinita,
"sólo invocando" siempre el nombre sagrado de su Hijo amado,
¡el Señor Jesucristo!, para que entonces jamás les falte
ningún bien, en todos los días de sus vidas.

Visto que, ha sido el espíritu del favor y de la gracia
infinita de Dios por la cual siempre nos ha protegido, de los
males terribles de nuestros enemigos, grandes y pequeños, ya
sea en el paraíso con Adán y Eva o con cada uno de nosotros
mismos, hoy en día y siempre, en todos los lugares de la
tierra. Porque fuera del espíritu de la gracia eterna de
nuestro Dios y de su Hijo, el Señor Jesucristo, entonces no
tenemos ninguna clase de protección alguna ante el mal aun de
los pequeños de nuestros enemigos eternos, como Lucifer o sus
ángeles caídos, por ejemplo, viviendo en los corazones de
gran maldad, de los pecadores y pecadoras de la tierra.

Fue por esta razón, que Dios siempre había deseado en su
corazón santo, desde el comienzo de todas las cosas, en el
más allá, que Adán le hubiese obedecido primero que todas sus
cosas en su corazón, para comer y beber por siempre de su
fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, en su vida
celestial e infinita del paraíso. Para que a sus
descendientes, en sus millares, jamás les faltase ningún bien
ni la gracia protectora de sus vidas en generaciones
venideras y para siempre del mal de la presencia terrible, de
Lucifer, el enemigo eterno del nombre sagrado de Dios y del
Señor Jesucristo, en el reino de los cielos y en toda la
tierra, también, para siempre.

Y, hoy en día, por ejemplo, Dios desea que tú mismo comas y
bebas de su fruto de vida eterna, Jesucristo, para que jamás
te falte de su gracia y de su favor infinito, para que seas
protegido por siempre, de todo mal del enemigo eterno de tu
vida, en la tierra y en el más allá, para siempre. Porque
Dios ha abierto la puerta del trono de su gracia infinita,
para oír siempre tus oraciones, tus peticiones, tus
mediaciones por ti mismo y por los tuyos, también, para que
jamás te falte ningún bien ni a los tuyos tampoco; y para que
los enemigos de tu vida jamás te hagan ningún mal.

DIOS HACE ABUNDAR LA GRACIA DE JESÚS PARA NOSOTROS DÍA A DÍA

Porque poderoso es nuestro Padre Celestial para hacer que
abunde en cada uno de ustedes, en todos los lugares de la
tierra: toda gracia infinita de su Jesucristo, a fin de que,
teniendo siempre en todas las cosas todo lo necesario,
abunden entonces para toda buena obra, para gloria infinita
de su nombre santo, día a día y por siempre. Ya que, la
gracia que nuestro Dios nos ha dado en su Jesucristo ha sido
realmente para entregarnos también su misma vida infinita,
todos los días de nuestras vidas por la tierra y hasta que
finalmente entremos de lleno en su nuevo reino celestial, por
ejemplo, como en su nueva gran ciudad celestial: La Nueva
Jerusalén Santa y Eterna.

Y ésta gracia nos mantiene siempre protegidos día y noche de
los males del enemigo, de los cuales nos puedan hacer daño,
para no sólo perder nuestras bendiciones, sino hasta también
nuestra salvación, de algún día no sólo ver la vida eterna,
sino que también entrar de lleno en ella, sin el pecado
original de Adán en nosotros, lógicamente Por lo tanto, la
gracia bendita de nuestro Señor Jesucristo es abundante y de
suma importancia, en cada uno de nuestros corazones y de
nuestras almas vivientes, en esta vida y en la venidera
también, para siempre, para que jamás el pecado y sus poderes
terribles nos vuelvan hacer daño y destruirnos, como sucedió
con Adán y Eva, por ejemplo.

Es por esta razón, que nuestro Padre Celestial siempre ha de
hacer, que jamás el espíritu de gracia de su Hijo amado le
falte a ninguno de sus fieles día y noche mientras viva en la
tierra, sirviéndole a Él, en el espíritu y en la verdad
infinita, del nombre santo de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo. Porque poderoso es nuestro Dios que cualquier
artimaña del enemigo que nos quiera hacer daño, para entonces
en su momento derribarlo y destruirlo, también, para que no
nos toque ni nos afecte, en ningún momento de nuestras vidas.

Porque la verdad es que nada podrá jamás hundir y destruir a
ningún mal o poder del pecado del enemigo, sino es la gracia
salvadora de la sangra bendita de nuestro salvador
Jesucristo, en al tierra y en el más allá, también, para
siempre. Además, sin los poderes y autoridades sobrenaturales
de la gracia del Señor Jesucristo, viviendo en nuestros
corazones, entonces ningún hombre podrá ver ni menos conocer,
como sólo el Hijo le conoce a su Dios y Fundador de su vida,
en el paraíso y por toda la tierra, también, ¡el Todopoderoso
y único salvador de Israel y de la humanidad entera!

Y, por esta gracia infinita, la cual Dios mismo nos la ha
regalado por Jesucristo, entonces nos ha de bendecir
eternamente en nuestras vidas en la tierra y en el cielo,
para llenarnos día a día de su amor y de sus muchos favores,
para que jamás nos falte ningún bien de su abundante
riquezas, terrenales y celestiales, también. Además, ésta
gracia redentora de nuestro Padre Celestial y de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, no se la podrá aplicar, acomodar,
a ningún ángel caído, sino que ha sido entregada sólo a la
vida de Adán y de cada uno de sus descendientes, en sus
millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y
reinos de la tierra.

Y, desdichadamente, éste espíritu de la gracia de Dios no
podrá jamás bendecir a ningún pecador o pecadora de toda la
tierra, que no ame a su Dios y Creador de su vida, si no es
por medio del nombre y de la sangre santísima del Señor
Jesucristo viviendo en su corazón y en toda su alma viviente,
también. Porque fuera del fruto de vida, del Árbol de Dios,
no hay otro igual en el cielo ni menos en la tierra, para que
el ángel del reino de los cielos coma y beba de Él y así viva
su espíritu por siempre, delante de su Dios y Creador de su
vida.

Pues así también con todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, comenzando con Adán, por ejemplo, en el
paraíso y por toda la tierra, no hay espíritu de gracia
posible para ninguno de ellos, a no ser que reciban al Señor
Jesucristo en sus corazones, como debieron hacerlo así,
cuando Dios se los señalo, en el paraíso. Para que las
bendiciones de Dios y de sus poderes sobrenaturales, de los
dones de su gracia infinita y de su favor eterno, entonces
sean hechos una realidad en sus vidas, en la tierra y en el
paraíso, también, para siempre.

En vista de que, la razón del porqué Adán y Eva tuvieron que
abandonar la vida santa del paraíso, no fue porque Dios ya no
los quería en su vida, cuando verdaderamente Dios aun los
amaba mucho más que antes, que en el día que los formo, sino
que fue por la falta del espíritu de gracia, en sus vidas. Es
decir, por falta del espíritu del Señor Jesucristo, en el
corazón y en la vida de Adán y de cada uno de sus
descendientes, comenzando con Eva, por ejemplo.

Dado que, si Adán no recibía el espíritu de la gracia
salvadora y sobrenatural, del fruto de vida eterna, del reino
de los cielos de Dios, el Señor Jesucristo, entonces era
totalmente imposible que ninguno de sus descendientes pudiese
en su día nacer con el espíritu de la gracia de Dios, en su
vida. Por lo tanto, ambos (y sin más demora alguna) tuvieron
que abandonar el paraíso, comenzando con Adán y Eva primero,
para luego volver a sus vidas normales del paraíso, pero esta
vez (volver al paraíso) con la gracia vibrante de su gran rey
Mesías, el Hijo de David, el Cristo de Israel y de la
humanidad entera.

Para que entonces no sólo Dios se sienta feliz con cada uno
de ellos, de vuelta a su vida santa en el paraíso, sino
también su Espíritu Santo y cada uno de sus ángeles
celestiales, del reino de los cielos y de su nueva gran
ciudad celestial: La Gran Jerusalén Santa e Infinita de Dios
y de su humanidad eterna, por ejemplo. Y es precisamente
aquí, en donde tú mismo entras, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, con cada uno de los tuyos, ha vivir y, a la
vez, ha gozar por siempre de la vida eterna.

De la vida celestial, por la cual el espíritu de la gracia
salvadora de tu Dios y de su Árbol de vida y de salud eterna
te han creado a ti, como asimismo ha creado a todo ángel del
reino de los cielos. Para que juntos con su Dios, vivan
eternamente y para siempre: libres del mal de la presencia
abominable de Lucifer y de sus ángeles caídos, en el nuevo
reino de los cielos, como en el paraíso regenerado por Dios y
por la sangre del "Cordero Escogido", Jesucristo, o más bien,
como en su nueva Jerusalén Santa e Infinita del más allá.

Entonces los que viven, hoy en día y por siempre, en el
espíritu viviente del favor y de la gracia redentora de
nuestro salvador eterno, el Señor Jesucristo, pues no tienen
razón alguna jamás, para que les falte algún bien del cielo o
de toda la tierra. Porque es Dios mismo quien siempre les
suple, cada una de sus necesidades, por el espíritu de la
abundante gracia de su Hijo amado, en cada uno de ustedes,
por sus millares, en todos los lugares de la tierra y aun
hasta en el más allá, también, como en su nuevo lugar eterno
e infinito, del reino de los cielos.

NUNCA HAGAN COMO SUS ENEMIGOS

Por lo tanto, no se hagan semejantes a sus enemigos, por
ninguna razón, por más razonable que sea toda ella en sus
corazones o en sus pensamientos, porque su Padre Celestial
sabe muy bien de qué cosas tengan necesidad antes que ustedes
se las pidan. Porque sus pensamientos y los sentimientos de
sus corazones y hasta de sus mismas sangre, claman a Dios día
y noche para que él siempre les supla, de acuerdo a sus
abundantes riquezas celestiales y terrenales en Cristo Jesús,
Señor nuestro.

Ya que, todo lo que Dios le ha de dar a los ángeles y así
también a todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, ha de ser individualmente, por el poder sobrenatural
del espíritu de la gracia, del Señor Jesucristo en sus vidas.
Es decir, que el espíritu de la gracia de su Hijo amado "es
el único canal del cielo a la tierra" (y viceversa), para
Dios bendecir a cada uno de sus hijos e hijas, de todos ellos
que le pidan siempre cualquier bien, en sus oraciones,
peticiones, ruegos y suplicas, en el nombre sagrado de su
Hijo, el Señor Jesucristo.

Por ello, sin la invocación sagrada del nombre del Señor
Jesucristo, en los corazones de los hombres y de las mujeres
de la tierra, entonces Dios no ha de contestar ninguna de sus
peticiones y oraciones, para bendecirlos en su presencia
santa y de sus más ricas y gloriosas bendiciones del reino de
los cielos. Y esto ha de ser así, con cada uno de ellos, en
todos los lugares de la tierra, de su vida santa y
eternamente honrada de su Árbol de vida eterna, el Señor
Jesucristo, para que entonces disfruten de la vida celestial,
por la cual los llamo de las tinieblas para formarlos
eternamente y para siempre, en sus manos santas.

Y así vivan por siempre con Él, en su misma vida celestial y
antigua, como siempre la ha vivido con todos sus ángeles del
reino de los cielos, hasta nuestros tiempos, por ejemplo, ni
más ni menos. Porque no es posible que Dios viva con el
hombre, cuando éste esté entonces viviendo: una vida
totalmente diferente e incompatible a la de Él o a la de su
Espíritu Santo o a la de su Árbol de vida infinita, el Señor
Jesucristo, en el cielo o por toda la tierra, también, por
así ilustrarlo, por el momento.

Porque Dios ha enviado a su Hijo con su verdad, con su amor,
con su favor y sobre muchas cosas más, lleno de su espíritu
de gracia celestial, para que todo hombre, mujer, niño y
niña, sea entonces bendecido por su Espíritu con sus
diferentes dones celestiales y terrenales, para enriquecer su
vida cada día más y más que antes. Ya que, después de Dios
haber creado al hombre, en su imagen y conforme a su
semejanza santa, entonces le dio "el potencial" también de
crecer en Jesucristo por siempre, desde el paraíso o la
tierra de nuestros días, mirando al cielo más alto que el
reino de los cielos, de sus ángeles santos y eternamente
honrados, del más allá.

Pero ninguno de nosotros ha de poder jamás crecer, para
entender y conocer a Dios, si no es por medio del espíritu
viviente, de la gracia redentora de su fruto de vida eterna,
el Señor Jesucristo. Porque éste espíritu de fe y de gracia
infinita, por el cual Dios llama a Adán y a cada uno de sus
descendientes ha obedecer día y noche en su corazón y en
todos los días de su vida, ha sido y a de ser por siempre, su
Hijo amado, el Señor Jesucristo. Es decir, el Señor
Jesucristo viviendo en su corazón y en su alma eterna,
también, en el paraíso y por toda su nueva creación, ya sea
de nuevo de regreso en el paraíso o en su nueva ciudad
celestial, de su nuevo reino de los cielos: La Nueva
Jerusalén Eterna e Infinita de Dios y de su nueva humanidad
celestial.

Es por esta razón, de que Dios ha llamado a seguir por
siempre paso a paso a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, ya
sea en el cielo o en todos los lugares de la tierra, de
nuestros tiempos y de siempre. Porque sólo el Señor
Jesucristo ha de llevar a todo ángel del reino y así también
a todo hombre, mujer, niño y niña, del paraíso y de la tierra
a la presencia gloriosa y eternamente honrada de nuestro
Padre Celestial que está en los cielos, aun más alto que el
reino de los ángeles, por ejemplo, en el más allá.

Entonces por nada en el mundo se hagan semejantes a sus
enemigos, porque ellos sirven a sus dioses de madera, de
metal, de piedra, de tela y de quien sabe que otras cosas,
que no hablan, no ven, no sienten, no entienden, ni tienen
poder, ni muchos menos amor y vida para dar a sus fieles
ingenuos. Pero miren al cielo, de donde siempre ha venido
todo bien para edificar y levantar la vida del hombre, de la
mujer, del niño y de la niña, hacia su Dios que está en los
cielos, esperando siempre por sus oraciones e intercesiones
para ellos, y para que nunca les falte ningún bien a los
suyos, también, en la tierra.

HUMILLESEN ANTE LA DIESTRA DE DIOS Y SUS ANGUSTIAS HUIRAN

Por esta razón, Dios espera que el hombre se humille bajo la
mano poderosa de su Creador, para que Él mismo los exalte al
debido tiempo, porque él es quien vela por sus corazones y
suple cada una de sus necesidades, en cada momento de sus
vidas y en todos los lugares de la tierra. Y para Él no hay
imposible jamás, para bendecir el corazón y el alma viviente
del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, que ame de
todo corazón a su Dios y Creador de su vida, por medio de su
Hijo amado, el Señor Jesucristo.

Pues entonces echen sobre su Padre Celestial que está en los
cielos: toda su ansiedad, y así háganse libres de todo su mal
eterno, en sus corazones y en sus vidas, también. Porque
nuestro Dios es quien realmente tiene cuidado de cada uno de
ustedes, en cada momento de sus vidas, para que jamás les
falte ningún bien, en la tierra ni menos en el cielo, como en
el paraíso o en su nueva ciudad celestial, La Gran Jerusalén
Santa y Eterna para Él y para su gran rey Mesías, el Cristo.

Y si verdaderamente se humillasen delante de su presencia
santa y ante su diestra poderosa, entonces Él mismo los ha de
bendecir por siempre, con grandes y poderosos dones de su
corazón santo y de su Espíritu Viviente, para que tengan
bendiciones eternas en sus vidas, como los ángeles poderosos
del reino celestial, por ejemplo. Bendiciones celestiales de
su misma vida santa: de paz, amor, gozo, poder, inteligencia,
salud, felicidad, sabiduría, mansedumbre, y muchas más
bendiciones de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, según sea
la necesidad de sus vidas por la tierra, mucho antes de
entrar a sus nuevas vidas infinitas, en su nuevo reino
celestial, en el cielo.

Entonces si sienten perturbaciones desordenadas en sus
corazones, ha de ser porque aun no han conocido, ni menos
habrán recibido de las poderosas bendiciones, de los dones
sobrenaturales de su espíritu de gracia y de su favor
celestial, para con cada uno de ustedes, en todos los lugares
de la tierra, por ejemplo. Porque para nuestro Dios no hay
distancia alguna entre Él y sus ángeles del reino u hombres
de la humanidad entera, para recibirlos y entonces
bendecirlos grandemente, a la misma vez, con sus más ricas y
gloriosas bendiciones de su espíritu, de amor, de salud y de
su favor y gracia infinita, de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!

Porque realmente nuestro Dios "los ama desde lo profundo de
su corazón", para la eternidad; es más, cada uno de ustedes
es el fruto perfecto de su espíritu de amor y de sus manos,
las cuales jamás le han hecho ningún mal a nadie, sino sólo
el bien de su Espíritu y de su Árbol de vida, el Señor
Jesucristo. Ahora, si aman a su Dios en sus corazones,
entonces entréguense al espíritu de la gracia y del favor
eterno de su Hijo, para que tengan diariamente, a disposición
de cada uno de ustedes, cada uno de sus frutos de vida y de
salud, para sus corazones y para sus cuerpos corporales, en
la tierra y en el cielo, también.

En la medida en que, la bendición de nuestro Padre Celestial
es para cada uno de ustedes, de todas las familias, razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos de la humanidad entera, en
todos los lugares de la tierra, desde hoy mismo y para la
eternidad venidera, también, por ejemplo. Es decir, si tan
sólo confían en la gracia redentora de su Hijo amado, para
que puedan entonces vivir sus vidas de acuerdo a la voluntad
perfecta, de su Dios y Creador de sus vidas, el Todopoderoso
de Israel y de la humanidad entera, el Hijo de David, ¡el
Cristo!

Por cuanto, la voluntad señalada de nuestro Padre Celestial,
para con cada uno de todos los hombres, mujeres, niños y
niñas, de la humanidad entera, ha sido desde siempre la que
ha sentido por su Hijo amado y por cada uno de sus ángeles,
arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos de su
Espíritu Santo: ¡Amor Eterno! Es decir, amor puro y en su
perfecto estado, divino y celestial, para siempre. Porque el
reino de los cielos está lleno de ángeles y de seres muy
santos, que han salido de la palabra viva y del nombre santo
de nuestro Dios y de su Árbol de vida eterna, el Señor
Jesucristo, para que vivan con su Espíritu Santo día a día,
siempre creciendo cada vez más y más en su amor perfecto.

Es decir, creciendo por siempre hacia el amor y la vida
perfecta e inigualable de nuestro Dios que está en los
cielos, para que el reino ya no sea como antes, sino mucho
mejor que antes y con mayores glorias y santidades perfectas,
de los corazones de sus seres creados: como ángeles y hombres
de toda su creación, por ejemplo. Y en días festivos del gran
nacimiento de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, no sólo en
Israel sino también en cada corazón de todo hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera, entonces Dios desea
llenarte de su espíritu de gracia, de amor y de su favor
eterno, para que ningún bien te falte nunca.

Y esto ha de ser en ti y en los tuyos también, no importando
jamás la distancia, desde hoy y por siempre, en cada momento
de tu vida por la tierra y hasta que por fin entres ante su
presencia gloriosa y eternamente honrada: honrada diariamente
por cada uno de sus ángeles, en su nuevo reino celestial e
infinito. Porque si verdaderamente obedecen a su Dios y
Creador de sus vidas infinita, humillándose ante su Árbol de
vida eterna, como en su día se lo señalo a Adán, para que
coma de su fruto con sus descendientes y así no mueran jamás
en sus ansiedades, entonces vivirán para su Dios, en la
tierra y en el cielo, para siempre.

NO HAY OTRO PASTOR IGUAL QUE NUESTRO PADRE CELESTIAL

Pues entonces, con confianza podemos decir siempre, cada vez
que levantamos nuestras almas y nuestras oraciones hacia el
cielo, hacia el trono de la gracia infinita, de su Árbol de
vida eterna, el Señor Jesucristo: ¡Sólo Él es mi pastor, nada
me faltara jamás, en esta vida ni en la venidera, también,
para siempre! Porque él es rico, así como lo es en el cielo,
también lo es en toda la tierra, para con sus hijos e hijas
de las naciones, de los que han creído en su gran obra
sobrenatural, en Israel y sobre su roca eterna, en las
afueras de la gran ciudad de David, Jerusalén, para ponerle
fin al pecado.

Además, el fin del pecado del hombre es el comienzo de la
gracia infinita de Dios, en nuestros corazones y en nuestras
almas vivientes, para limpiarnos de todo mal eterno y así
alimentar nuestras vidas por siempre de su palabra y de su
Espíritu de vida eterna, en la tierra y en el paraíso,
también. Por eso, Dios no desea que estemos afanados por nada
ni por nadie, en todos los días de nuestras vidas, que no sea
el Señor Jesucristo viviendo en nuestros corazones y
haciéndose una realidad infinita en nuestras vidas terrenales
e espirituales, también, para la nueva vida de la nueva
eternidad venidera, en el más allá.

Puesto que, para nuestro Dios no existe nada mejor por el
cual nuestros corazones se afanen en el reino de los cielos
ni menos en toda la tierra, si no es el nombre y la vida
gloriosa de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Porque nadie ha existido en toda la existencia del reino de
los cielos y de la humanidad entera, que sea mayor que Él, su
Hijo amado, el Cristo de los ángeles y de todo hombre, mujer,
niño y niña de toda la tierra, del ayer y de siempre.

Puesto que, sólo el Señor Jesucristo es el Árbol de vida y de
salud que le provee a los ángeles del reino de los cielos y
así también a la humanidad entera, en la tierra y en el
cielo, para siempre, en los días largos venideros del nuevo
más allá de Dios y de sus huestes celestiales, por ejemplo.
Es por eso, que Dios siempre ha deseado que todo ángel del
cielo y así también todo hombre de la tierra presente sus
oraciones, sus peticiones, sus intercesiones y sus alabanzas
a su Dios, en el nombre de su Hijo, el Señor Jesucristo, para
que entonces Él mismo los guarde de todo mal, en el poder de
su Espíritu Santo.

Ya que, para nuestro Padre Celestial no hay manera de
proteger a los ángeles del cielo y a los hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, de los males usuales de
Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, en el paraíso y
en toda la tierra, también. Es por eso, que Dios ha llamado a
todo ángel del cielo y, de igual manera, a todo hombre y
mujer de la humanidad entera: "a siempre invocar el nombre
sagrado de su Hijo, para que el espíritu de su gracia
sobreabunde en sus corazones, en sus espíritus humanos y en
todos los días de sus vidas en la tierra".

Para que Dios mismo siempre obre en sus vidas y así no les
falte ningún bien jamás; y el maligno no pueda tocar sus
almas o sus cuerpos para enfermarlos de muerte, como siempre
lo ha hecho para con los que no le aman a Él ni a su
Jesucristo, en el paraíso o en la tierra, también, de
nuestros días. Por esta razón, Dios siempre le ha declarado
al hombre, una y otra vez, por boca de sus profetas y hasta
de su Hijo amado en estos días: No se afanen por su manera de
vida, ni por que han de comer o beber.

Porque Dios mismo es quien guarda a todos los que le aman, en
el espíritu y en la justicia infinita del nombre y de la
palabra viviente de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Por
ejemplo, acuérdense de los ángeles del cielo, ellos no talan
la tierra, ni recogen sus frutos en graneros gigantes para
tener alimentos para sus cuerpos para muchos años, sino que
es Dios quien los viste y los nutre de alimentos, por el
poder sobrenatural de su palabra viva y de su nombre sagrado
y eternamente cumplidor de toda promesa.

Y esto es precisamente lo que Dios desea que cada uno de
nosotros entienda, cuando descubrimos y contemplamos los
efectos y sus frutos sobrenaturales del espíritu de la gracia
infinita de Jesús, en nuestros corazones y en nuestras vidas,
por ejemplo. Porque él Señor es quien ha dado su palabra viva
para que la tierra dé de sus frutos, para el alimento diario
de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera,
para que no se mueran de sed ni de hambre tampoco.

Porque el SEÑOR es dueño de todo lo que hay en el cielo y de
todo lo que hay en la tierra, también, para siempre llenar de
muchos bienes a todos los que le aman a él, por medio de su
Hijo amado, el Señor Jesucristo, ya sean ángeles del reino u
hombres de toda la tierra. En verdad, si confían en su Dios y
Creador de sus almas eternas, mis estimados hermanos y mis
estimadas hermanas, entonces Dios mismo hará que su misma
palabra viva convierta la tierra en pan de su alimento
cotidiano y en agua para calmar la sed de sus almas
sedientas.

Y esto ha de ser verdad día y noche, en cada uno de ustedes,
en sus millares, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reino de toda la tierra, si tan sólo le
sirven a Él, el Dios del cielo y de toda la tierra, ¡el
Todopoderoso!, en el espíritu de la gracia infinita, de su
Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque Dios mismo les
seguirá dando en abundancia de los frutos de los arboles,
plantas y de los animales según sus especies del cielo y la
tierra, para que vivan por siempre felices y saludables ante
Él y así le sirvan, en su nombre, en la tierra y en su nueva
vida infinita, en el nuevo reino del más allá.

En vista de que, sólo nuestro Padre Celestial es Dios del
cielo y de la tierra; y es él mismo quien hace crecer los
pastos de la tierra, para los animales y los arboles y las
plantas con sus muchos frutos, para alimento del hombre de
toda la tierra, de hoy en día y de siempre, en los días
venideros. Porque en el día que la palabra viva de Dios
falte, en el corazón del hombre y sobre toda la tierra,
también, entonces Dios ya no convertirá la tierra en pan y en
agua saludable para alimentarlo a él y a los suyos.

Por eso, a los suyos les faltara el pan de la tierra sobre
sus mesas de comer, en sus casas y en los hogares de todos
los demás, también, en todos los lugares de la tierra. Y la
tierra ha de ser muerta, eternamente y para siempre, como el
mismo desierto, sin agua y sin la palabra viva de Dios y de
su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, para hacer
brotar los frutos de la tierra y alimentar a la humanidad
entera, como siempre lo ha hecho, desde el comienzo de todas
las cosas.

Pero como la gracia de Dios sobreabunda en nuestras vidas,
gracias a la buena vida y a las muchas buenas obras de
Jesucristo, entonces la palabra viva no ha de faltar jamás en
el corazón del hombre y en toda la tierra también, para que
haya fruto y alimento en las mesas de los hogares de la
humanidad entera. Y esto ha de ser verdad, en la tierra del
hombre y de los suyos, también, hasta que el nuevo reino de
los cielos sea manifestado por fin, para empezar la nueva era
de vida y de salud infinita, para todo hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, en el
paraíso, por cierto.

Feliz Navidad y un Prospero Año Nuevo 2007 para todos. Amen.


El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No
harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día
del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O
¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador?  ¿Sí _____?  O
¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____?  O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros está a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.



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El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino celestial de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel
y de las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a
los que me aman y guardan mis mandamientos".

TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre
en vano".

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No
harás en
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día
del
sábado y lo santificó".

QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te
da".

SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de
tu prójimo".

DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu
prójimo".

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y deshazte de todos
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así,
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos,
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas,
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y
salvador de todas nuestras almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO,
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de
éste MUNDO y su MUERTE.

Disponte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O
¿QUÉ
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di:
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador?  ¿Sí _____?  O
¿No
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____?  O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender
mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia. Libros
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio,
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros está a tu disposición, para que
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti,
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas,
como antes y como siempre, por la eternidad.



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